Reseña



La producción visual del artista Ricardo Pizarro busca indagar en una obra que oscila entre lo trascendente y desechable, entre lo espiritual y lo banal, entre alta y baja cultura, entre la creencia y la no creencia en el arte. Desde esta oscilación, por una parte, éstas pueden entenderse como un sacro oficio (o sacrificio) donde el artista se somete a exhaustivos trances meditativos y/o a tediosas tareas manuales. Y por otro lado, se configuran solo como un engaño o “bluff”, la idea del arte como una utilería o falsa promesa. Con esto estas operaciones ponen en tensión los soportes del arte, la ejecución manual v/s industrial (parodia mínimal), incluso su movilidad y montaje. Todos estos aspectos relacionados con la dependencia del arte contemporáneo respecto de su presupuesto y mercado. ¿Estas obras están destinadas a trascender como patrimonio de su cultura o a irse al tacho de la basura?




 

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La obra de Ricardo Pizarro propone una reflexión acerca de las (in)utilidades que representa hacer arte hoy, asumiendo la precariedad como parte de la identidad del arte visual (chileno), las dependencias de la producción contemporánea respecto de su presupuesto, y en un sentido más amplio, somete a revisión diversas relaciones entre trascendencia y ficción desde las cuales se articula y comporta el lenguaje del arte visual, sobre todo en un sistema de competencias envuelto en la sociedad del espectáculo.

A través de diversos y exhaustivos ejercicios artesanales, de escolaridad extrema, el artista construye a partir de una línea o estrategia de producción basada en gestos mínimos y elementos o materiales de bajo valor, livianos o desechables, pulcras metáforas que apelan a la repetición vacía,  que interpela a su vez, la velocidad de producción y asimilación de la imagen (tecnológica) del arte visual, o el llamado fast art.  

Desde una mecánica corporal (hecho a mano), el artista implementa una construcción de orden reticular, serial, plegable o mecano, como parte de una estrategia de movilidad económica (caballo de Troya) y montaje express y medidas variables, características que obedecen a la geometría de la autogestión y su restringido margen de éxito. 

Estas construcciones transitan en el límite de la noción de material higiénico y de desechabilidad, siempre apunto de convertirse en residuos, y de ser entendidas como ficciones o actos fallidos que apuntan aparentemente solo a su propio marco de inscripción y competencia, y que en su repetitiva pulsión aparecen como meros ejercicios precarios o artesanales, manualidades enajenantes, majaderas fijaciones, que dejan entrever la acción y el tiempo invertido en su manufactura, delatando la carga o levedad del ejercicio artístico, como un lúdico u otras veces autoflagelante ejercicio obseso y/o evasivo. 

La puesta en escena de estas obras, falsean y juegan con la noción de arte como lenguaje superior o de alta cultura, cuestionan e interpelan con fingida displicencia algunas de las propias atribuciones o estatutos del arte contemporáneo, en cuanto a ser sostenidas por su propio soporte teórico. Y en cuanto a ser dirigidas por sus estrategias, que a su vez son predeterminadas por las “normas implícitas” de los propios circuitos donde se inscriben, obedeciendo y aceptando a priori todo margen de acción establecido, de modo de instalarse en lo políticamente correcto de las políticas de exhibición y del “llamado a concurso”, y cuya evidencia utilitaria no pasa ya por el eventual espectador o público, sino por el grado de validación que le otorga las propias plataformas en las que se emplaza.

Desde aquí la obra queda relegada a un posterior registro y archivo de suceso acaecido, como documento de validez inscriptiva. El arte se convierte en utilería; la ficción de resistencia, y al mismo tiempo converger en todo reconocimiento utilitario, la puesta en escena de la competencia, la ilusión de superioridad y la vanidad artística individualizante, donde la exclusividad del Éxito se sienta sin remedio en las anchas de la exclusión.









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